Los dueños de las megaempresas tecnológicas buscan ubicar sus inventos y negocios en el centro de la vida humana, como si fueran imprescindibles, haciendo que giremos en torno a ellos. La competitividad, la productividad y “la riqueza de las naciones” parecen respaldar esa pretensión. ¿Qué ocurriría si esta tendencia se llevara al extremo? Un mundo hiperdesarrollado, con empresas de rendimiento máximo. En ese escenario, ¿qué sería del ecosistema y de nosotros? ¿Seguiría siendo habitable la Tierra o habría que emigrar a otros planetas, donde algunos ya proyectan negocios? Esa productividad extrema implica mayor uso de recursos, más energía y más residuos. Cada actor optimiza, aunque el sistema en su conjunto se degrada. El problema deja de ser “cómo producir” y pasa a ser “para quién y para qué”, sin que ello asegure una mejor distribución. En un mundo hiperracional, el margen humano -error, intuición, ocio- tendería a verse como ineficiencia. Aun así, persisten espacios de fuga: arte, vínculos, incluso irracionalidad. Y aunque avance con lentitud, la justicia a veces logra imponer límites a estos actores privilegiados. Ante esta hegemonía tecnológica y productiva, ¿no haría falta un giro copernicano que vuelva a colocar la singularidad humana en el centro? Que las cosas giren en torno a nosotros, y no únicamente a ellos. Tal vez se necesiten instituciones globales que regulen esa dinámica, no para frenarla, sino para ajustarla a una escala que evite consumismo desenfrenado, contaminación creciente, desempleo y tensiones sociales. Un equilibrio entre lo económico, lo humano y lo ambiental.
Jorge Ballario
jballario@coyspu.com.ar